Bautizar a este espacio como "Ecléctico Bastardo" responde a una forma de escritura, un posicionamiento frente a una hoja en blanco (o un monitor y un tecladito, en este caso) y una forma de pensamiento. Por supuesto busca y responde a la razón esencial de la literatura -es decir, hallar la tan subjetiva belleza- pero no pretende ser un generador de textos cerrados ni necesariamente prolijos, sino más bien un registro de ideas, divagues, distracciones y reflexiones. Adoptar esta postura implica permitirse el error, la contradicción, a veces el absurdo.
La RAE define lo ecléctico como aquello que combina elementos de diversos estilos, ideas o posibilidades. Remite a la convivencia de matices diversas, a la curiosidad, a no estar atado a una voz unívoca. Es el impulso de tomar prestadas herramientas, estilos de otros/as, puntas de la vida cotidiana, conceptos disparadores de autores/as y por supuesto, jugar con las consignas.
Por su parte, la cualidad de lo bastardo despoja al ejercicio de toda solemnidad: nombra aquello que carece de pureza. El diccionario lo define como algo "que degenera de su origen o de su naturaleza", pero también remite a aquello que no es puro ni sigue las reglas tradicionales. Asumir esa característica significa aceptar las mezclas raras, la libertad de equivocarse sin buscar un resultado perfecto y abrazar la impureza del borrador, la mancha de café en la hoja.
En este sentido, el nombre representa un terreno de prueba, error y ensayo constante. Un laboratorio. Un archivo abierto de ocurrencias, una trinchera de borradores vivos y búsquedas sin "X" al final del mapa. Aquí cada texto funciona como una mezcla cruda, urgente y en permanente mutación.
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