Para Borges, el adiós no es la certidumbre del fin, sino una ficción de eternidad. Despedirse es un pacto secreto contra la muerte: jugamos a separarnos convencidos de que el tiempo es apenas una promesa suspendida sobre el olvido, un juego donde siempre habrá un mañana. Inventamos la despedida porque en el fondo nos sabemos inmortales, en sus palabras.
Entonces, adiós, Borges. O más bien hasta algún tiempo, porque despedirse de usted es aceptar la misma trampa que nos puso: fingir que no volveremos a cruzarnos en algún renglón. Despedirse de usted es entender que del otro lado del espejo no habita el olvido, sino su sombra que nos contempla y repite. Si cabe despedirse de quien ya lo vio todo, lo dejo en aquella casa de la calle Garay: bajando los escalones hacia la penumbra de un sótano, donde basta fijar la mirada para contemplar el universo entero en un solo segundo y quedar para siempre abrumado por esa infinitud. Decirle adiós es apenas jugar a la separación, sabiendo que mientras persista la memoria, usted sigue aguardando, intacto y secreto, esperando a que nos fundamos en un nuevo diálogo. Decirle adiós es aceptarlo eterno.
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