Todo era igual. Cotidiano. Me levantaba a la misma hora que todos los días, me maquillaba, me tomaba un mate. Como siempre. Saludaba a mi vieja y arrancaba a caminar por las mismas cuadras. Salteaba las baldosas flojas llenas de agua acumulada de una lluvia pasada y llegaba a la estación. Lucía igual que en los ‘70 y estaba exactamente a los mismos quince minutos de mi casa. Parecía paralizada en el tiempo y con el mismo cartel que habían colocado el siglo pasado. Pero ese día había algo raro, algo antinatural o de lo que nunca me había percatado antes. Tal vez porque me quedaba absorta mirando un punto fijo, escuchando algún tema de Memphis.
Ese día el andén estaba más lejos. Notaba la línea más atrás de lo habitual y se podían ver con más claridad las colillas de cigarro que habían sido abandonadas hace tiempo por fumadores anónimos. Pensé que era una mala jugada de mi atención, así que al igual que lo hacía con mis pensamientos matutinos, lo ignoré.
Llegó el tren, cuatro minutos después del sentido a Moreno. Abrió su puerta y retumbó en todos nuestros oídos el grito del vendedor, que bajando comenzó a molestar a su compañero. Pero de pronto, una especie de silencio, como un aturdimiento, un pitido. Y una pisada en falso que me dejó caer por esa grieta que se formaba entre el Sarmiento y yo. De pronto no solo se hundía mi pie en un hueco sino mi cuerpo entero en un vacío y en una oscuridad lúgubre. No debe haber pasado más de dos minutos para que me choque con un duro y frío piso, sorprendentemente sin dolor.
No podía moverme. Ni hablar. Casi que ni respirar. No podía verme las manos, no se veían cabezas por la rendija de luz que estaba frente a mi yo inmóvil. Nadie me llamaba, ni me buscaba, ni me veía. No había gritos, no había nadie que se preguntase por mí. Solo éramos mi cuerpo hundido, un punzante frío que de a poco iba tomándome la espalda y una lágrima de claridad que venía desde la salida y del sol. La helada superficial empezó a penetrar en mi columna y la desesperación comenzó a copar todo el ambiente. Intenté levantarme, gritar, llorar, pero mi cuerpo permanecía completamente quieto. Empecé a sentir que nunca iba a poder salir de ese pozo extraño, estaba paralizada, como la estación. Pero sola.
Arrancó a escucharse la campana del paso nivel, muy lejos pero muy nítida, anunciando que partía el tren. Vaya si era largo. No acababan de pasar nunca los vagones, y eso que iban rápido. Ese chirrido no dejaba de retumbar en las paredes y con ellas empecé a escuchar mis pulsaciones. No podía soportarlas más porque sentía que yo también me iba. Los minutos parecen siglos en ese piso y yo sin poder levantarme. No sabía si era peor la luz quemándome la vista, el sonido desesperante e interminable de la campana o todos los pensamientos que empezaban a desilenciarse de mi cabeza, y que ya no podía ignorar pues eran mi única compañía.
De pronto, cuando todo parecía que iba a terminar, cuando el tren mostró por fin el último furgón irse a la capital, cuando estaba aceptando que era hora de yo también partir, empezó a aparecer un olor. Somnífero, conocido, avainillado, dulce como un bizcocho o un mate cocido de los que tomaba ella. Lo reconocí muy rápido, también era cotidiano. ¿Era mi mente? ¿Cómo era posible ese aroma ahí dentro donde lo único que había era la auténtica nada, y yo?
Cerré mis ojos para apreciar ese último mensaje del destino con más nitidez. Me dejé. En realidad no tenía otra opción. Y cuando empezaron a brotar unas pocas lágrimas de las comisuras de mis ojos y lo único que me acompañaba era el tenue ruido de mis auriculares desparramados por la caída, sentí un calor. Algo inesperado, que rompía con la escena y que parecía imposible que proviniera de ese piso clínico. Me tomaron por debajo de los hombros, me sacaron, vete a saber por qué puerta o ventana.
Me desperté, entonces, en el sillón de mi casa. Gris de tres cuerpos, con el cuello contracturado y con la misma adrenalina paniqueante que había sentido creo que segundos atrás. Desorientada, asustada y angustiada. No sabía la hora, ni cómo terminé allí. Mire rápidamente el televisor prendido. Era ese mismo martes, el que ella siempre apartaba en su calendario para vernos y empezar una nueva serie. “¿Estás bien?”, me preguntó, normal, mirándome con sus ojos verdes azulados, los que transmiten más paz y seguridad del mundo. No sé cómo había llegado, hacía cuánto tiempo que estaba de vuelta en casa. De lo único que tenía certeza es que, de alguna manera, ella me había sacado de la grita. No le pregunté cómo, hay veces que no interesa saber la respuesta. Lo que sí sabía es que jamás iba a volver a sentir el frío recalcitrante en mi cuerpo, ni que tampoco volvería a ver a ninguna cabecilla asomarse por la hendidura de la superficie. Y si ello volvía a ocurrir, tengo la seguridad de que estará para sacarme, por alguna puerta o una ventana desconocida.
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