¡Hola a todxs! Me llamo Rocío Marín y este es un (intento) de presentación, prometo tratar de ser lo más breve posible. Tengo 21 y estoy en segundo año de la carrera más hermosa del mundo, o sea, Comunicación Social. Afortunadamente puedo decir que estudio en la universidad pública a pesar de que me demande 2 horas de viaje y mucho estrés, sin embargo les confieso que volvería a elegir la UBA mil veces más. Me considero una persona muy apasionada por la cultura, sobre todo por la música y en especial atravesada por la poesía del Indio Solari (QEPD).
En tanto a mi camino por la escritura y la lectura tendría que remontarme bastante en el tiempo. Más precisamente a mi cumpleaños número 8, donde me regalaron un librito, chiquito, usado, con muchos dibujitos y una dedicatoria sencilla. “De carta en carta” de Ana María Machado. Sin explayarme mucho es un cuento de un abuelo y un nieto, ambos analfabetos. Se pelean y a lo largo de toda la historia se van comunicando entre sí a través de cartas, que se las escribía y las leía un hombre en “La plaza de los escribidores”. A mi niña de 8 años le voló la cabeza. De pronto comencé a ver lo mágico en las cartas, los dibujos, empecé a preguntarme por qué un nene de mi misma edad no sabía leer, por qué tampoco su abuelo. Pero sobre todas las cosas entendí la importancia de las palabras y los mensajes.
Esa mini-rochi de 8 creció y empezó a encontrarse con más dibujitos, con más libritos. Recuerdo que mi papá me regaló una colección de historietas de Mafalda y me llevó al Paseo de la Historieta, donde puedo afirmar que soy de las pocas personas de la Argentina que tiene una foto con el Gaturro aún no vandalizado. (Pequeña aclaración: sigan así, banco a esxs vándalo-artistas). Por supuesto hay que trazar una línea horizontal, que atraviese todo y que incluya los libros que me daban en el colegio. Dignas historias para niñxs: Las aventuras del Sapo Ruperto de Roy Berocay, Octubre, un crimen de Norma Huidobro; ¡Socorro! de Elsa Bornemann y podría seguir miles de caracteres más.
Ya en la adolescencia, me encontré con ese equivocado concepto de rebeldía en donde no leía porque “no me gustaba” y solo lo hacía por cumplir con las obligaciones del colegio. Sin embargo, algunos libros se sumaron a mi biblioteca. Por ejemplo: El diario de Ana Frank, toda la saga de Los juegos del hambre, El niño de pijama a rayas, Mujeres de Charles Bukowski, entre otros. Pero ocurre un pequeño plot twist, un giro que no vi venir. Todo el conocimiento que yo perdía, producto de esa “rebeldía” de no tocar ningún libro (que con el diario del lunes me doy cuenta de que fui una tonta adolescente), se empezó a expandir en mi horizonte de la cultura, ya no en hoja de papel impreso, sino por otros estímulos. Empecé a adentrarme en la cultura y el conocimiento de una manera más blanda, si se quiere. Comencé a mirar las películas de los libros, célebre Harry Potter o Ember la ciudad perdida. Comencé a escuchar música que no entendía las letras, y me desafiaba a mi misma a tratar de averiguar y comprender que corno quería decir Spinetta en Durazno Sangrando. ¿Quién era ese “San Jauretche” que mencionaban los Piojos o dónde carajo estaba lo misterioso y lo profundo en las letras que escuchaban mis compañeras cuando estaba de moda Marama y Rombai? Yo escuchaba rap y ellas escuchaban cumbia pop. ¿Qué estaba mal conmigo? Nada, pequeña, la rebeldía era hacerte preguntas inteligentes a la noche en lugar de ir a una matiné.
Si bien yo creo que la adultez es otra cosa, a los 18 años la ley me demanda votar y me amenaza con meterme en cana si hago algún lío, así que ese será nuestra siguiente marca en la línea del tiempo. Me vi en la pregunta del millón: ¿Qué quiero hacer de mi vida? Por suerte esa interrogante había sido contestada en 2021 cuando en medio de una crisis entre Contabilidad o Publicidad, encontré esta hermosa carrera. Que, otra vez y como esa mini-rochi de 8 años, me voló la cabeza. Comencé a leer de nuevo, y mucho. Cosas que no sabía que existían, de autores de nombres complicados que a día de hoy no logro retener porque soy un queso con la memoria y que escribían muchos años e incluso siglos atrás y que, preocupantemente, parece que salieron en Revista Anfibia la semana pasada por los temas que abordan. Me choqué con textos de economía, de semiótica, de sociología, de miles de temas que no pensé que alguien podría escribir decenas de hojas al respecto. ¿Quién en su sano juicio haría un libro entero hablando de como el Pato Donald es un mecanismo de dominación yankee? ¿Quién podría dictar un curso de 6 meses hablando de las letras de Taylor Swift? Mis respuestas: el chileno Mattelart en 1971 y Sonia Zablocki en este cuatrimestre.
Puertas afuera de la facultad y aunque medio floja en la lectura (nos gobierna Milei, ¿Quién puede comprar un libro de $50.000 cuando el subte está $1700?) me gusta mucho leer poesía y escribirla. Tengo temáticas bastante crudas, generalmente catárticas, a veces son continuaciones de mis divagues mientras viajo en el Sarmiento (donde estoy más tiempo que en mi casa). A veces en el colectivo o caminando por la calle me baja alguna idea y la termino canalizando en cuentos cortos o en muchas oportunidades quedan abandonadas y juntando polvo en las notas de mi celular. Sin embargo espero en esta materia poder sacar la tierrita de los muebles de mi cerebro y ponerme a escribir. Reciclar esas ideas, encontrarme con eso mágico que vi y veo en la narración. Considero que tengo una escritura muy comprometida políticamente y que si bien me falta tener un flequillo mal cortado, soy un voto bastante cantado, ya se darán cuenta.
Ojalá no haberlxs aburrido, de ser así no creo que lleguen hasta esta oración, que me sirve como puntapié para finalizar esta presentación. Tengo muy buenas expectativas, pero tampoco quiero hacerme ilusiones porque nunca se sabe cuando el presidente se levanta reloco de la siesta y deja sin un peso a la educación para gastarla en un alimento balanceado carísimo para sus perros imaginarios. Deberíamos hacer una novela fantástica sobre él, quizá ganemos un nobel.
¡Gracias y saludos!
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