Finjo la sed
en la déspota sombra de un pino ya seco.
Las malas me pasan paños fríos en la nuca
para bajar la insaciable fiebre que me afecta la lucidez,
pero no la avispa
Campo adentro por las blancas
brindo al sol la suerte de verlo a él,
al que tanto pide la señora del barrio
y le deja cigarrillos
suplicando que una vez las goteras callen
Chapa blanda clanquea,
resuena y escupe,
engota su frente
que no es más que sudor vendado
de salados platos de comida,
que no hay otra.
¿No es acaso Dios aquello que me quema las pestañas?
¿o el santo solo aparece suscripto a pena
cuando la botella está partida?
¿y si los gritos epistolares no son más que zumbidos moscas sobre mi muerto cuerpo?
que pesa como pluma y no encuentra la paz bendita,
ni tampoco los ojos de aquella
que mira al cielo e implora: “vida”
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