Carlota, Stella Maris, Ramira y Analia, todas Montes de Larrea. Nombres que parecen ser acuñados en Recoleta o en las calles de la alta alcurnia argentina. Pero no, a todas las había despabilado la enfermera de la Modelo Morón, un chirlito en el culo para que llorase y a vacunar. Sus primeros suspiros brotan desde más o menos de 1937 a 1941, cuando nació la última, la condenada. Todas bautizadas, por supuesto.
Carlota Ameringa, la mayor. La mas rebelde, la primera en tener novio, la única que sabia tener sexo sin quedar embarazada. Caminaba por la calle Santa Fe con una pollera bordada en el dobladillo y una camisa con el botón estratégicamente desabrochado. Todos los huevones del barrio se daban vuelta a verla. Su cabello era rubio ondulado y tenía una forma de hablar que parecía una sirena de las que le cantaban a Homero. Hija de puta de las pocas. Decía la hija de Doña Rosa que le había sacado el novio y que iba al club a ver como jugaban a la paleta, pero que era una muerta de hambre. La hija de Doña Rosa era una envidiosa porque era castaña y plana, y por sobre todas las cosas le gustaba el barullo y el bardo, pero un poco de razón tenía.
Stella Maris y Ramira eran mellizas. Más calladas, más tímidas, más vírgenes que Carlota. Ellas amaban jugar a la rayuela hasta que una se patinó y se quebró el brazo, desde ese día decidieron que la gimnasia no era lo suyo. En su infancia parecían siamesas, habían inventado un idioma que solo ellas entendían (a veces). El Mormífolo, que no era más que un geringoso que cambiaba las P por las M. De todas maneras, eran inteligentes como pocas, los mejores promedios de matemática del colegio Santa Rita. En la adolescencia decayeron un poco. Carlota les había enseñado las reglas del diablo que tenía pegadas en la puerta. Encontraron en los pubs a dos caballeros que les llamaron la atención, uno de ellos era colorado así que en el baño hicieron piedra papel o tijera para ver quién se quedaba con el maldito; Stella Maris puteó al sacar la sortija sin saber que aquel muchacho era el hijo del dueño de la fábrica de Okebon, y que años más tarde le aseguraría un muy buen pasar económico.
Y de la pobre Analia, ¡ay, qué decir!. La más chica, la que aprendió mirando las cosas buenas y escuchando desde el baño las cosas malas. Tenía buenas notas, no decía malas palabras (si no la provocaban) y sabía cocinar, algo que Carlota no podía hacer porque no sabía ni lo que era una garrafa. Había aprendido a coser a los 8 años y ya a los 15 se hacía sus propios vestidos y sus faldas. Era pilla. Iba a hacer las compras y con los 20 centavos que le sobraban se compraba una tabletita de chocolate para comerlo a escondidas. Con el tiempo comprendió que el almacenero se las regalaba, porque la más barata estaba 50. Pero era la hermana más chica, y eso la condenaba. Era la que debía cuidar a su madre hasta que muera, la que por ser 4 años menor que el resto, las hermanas no llevaban al club de paleta. Pero sí iba a los bares a escondidas. Cuando se presentaba se cambiaba el nombre, decía llamarse Haydeé, porque chamuyar no era su fuerte y pasar vergüenza no era opción. Sin embargo había conseguido un noviecito por esos años, porque tenía unas piernas que parecía una vedette, pero era flacucha e inteligente para aspirar a ir al teatro de revista. Ha de confesar que hubiese encantado.
La dinámica familiar era bastante atolondrada. Edurne era una madre muy sacrificada. Era costurera, cocinera, tenía un puesto en la feria del centro donde vendía algunos condimentos los fines de semana y, por si fuera poco, cuidaba a los chicos del barrio y les aseguraba un mate cocido con leche. Vivían como podían, no fue hasta que la Fundación Eva Perón le dio una Singer que la vieja laburaba de sol a sol, y se hacía el tiempo para cocinar, lavar, planchar, hacer las muchas tareas del hogar y aguantar las peleas de sus hijas. Ella también era la menor de sus hermanas, así que sabía perfectamente lo que Analia pensaba cada segundo sobre las otras y sobre sí misma, pero aun así, la obligó a cumplir su rol.
Pobre Analia. Una vida llena de trompadas. Literales y figurativas. Fausto Montes de Larrea era un sorete. Era obrero de la Ford y lo echaron por robarse unos tornillos de mierda, le consiguieron una changa en el negocio de Enrique, duró menos de 2 minutos por inutil. Nunca se esforzó en nada. Se cansó de prometer que iba a comprar una heladera con los pesos que iba a conseguir de negocios que abría y cerraba en el mismo mes porque era un fracasado. Por supuesto nunca logró comprar el electrodoméstico. Tachaba de los diarios los clasificados y le decía a su mujer que no lo habían tomado. Mentira. Iba a la capital a buscar trabajo y renunciaba porque “lo negreaban”. Lo cierto es que Fausto miraba en los tickets del tren y si le gustaban los números, le ponía una ficha de 20. Si salía capicúa era una señal de Dios y se encerraba donde todos saben. Punta y banca los findes y noches de truco con los muchachos los martes. Aunque para la sorpresa de todos, consiguió un laburo que le duró. En una funeraria. Las primeras vacaciones fueron en Mar del Plata y los recuerdos en la playa eran de las hermanas y de Edurne; Fausto apenas aparecía al mediodía a almorzar en el hotel sindical, se duchaba y volvía a esfumarse. Quizá algún día lo encontrasen flotando en el mar o haciendo “la plancha” en algún banco de plaza.
“Tu papá es un pelotudo”, repetía Edurne entre lágrimas mientras hacía la comida, y por supuesto Analia la escuchaba, porque ella pelaba batatas en la bacha de al lado. Esa cocina vio pasar de todo. Platos y recetas de todas las tradiciones. El famoso caldo de la abuela Emira había viajado miles de kilómetros para ser degustado en las sillas de madera que rechinaban de esa casa. El horno funcionaba a kerosene, pero eso no impidió que salieran de él los mejores pasteles de papa y los mejores miñones para hacer sandwiches de milanesa. Atrás del reloj de la cocina, la vieja escondía unos pocos pesos para poder comprar más tela y hacerle vestidos a las hijas. Los cuatro iguales, pues solo alcanzaba para un rollo, y de un solo color, que por supuesto elegía Carlota por ser la más grande. Analia odiaba el color rojo, decía que la hacía parecer un cadáver, porque era muy blanca.
Un día, 11 de diciembre, Fausto volvió del trabajo, entró por la puerta cargado con dos kilos de tira de asado envuelto en papel manteca, una botella de vino Lopez y unas cuantas copas ya ingeridas. Puso en la mesa una bolsita con confites para las hermanas, y anunció que su suerte había tocado la campana: le apostó 20 pesos al canillita a favor de San Lorenzo y dijo que después del sábado iba a poder comprar una radio nueva para el comedor. Edurne, se lo quería comer crudo. Mandó a la habitación a sus hijas, le preguntó de dónde mierda había sacado la plata. Fausto dijo que la encontró tirada al lado del tacho de basura y qué el Señor se la había mandado. Edurne le metió un primer y único cachetazo a su marido y lo mandó a cagar. Sería plausible pensar que Edurne fue la primera mujer feminista, o al menos la primera en pronunciar durante 5 minutos consecutivos insultos a su esposo y echarlo de la casa. Al fin y al cabo, siempre se había arreglado sola y criado a las pibas de la misma manera, porque recordemos, Fausto era un pelotudo.
Llegó, entonces, la hora de ayudar en casa. Carlota aprovechó de su lindura e inutilidad para agarrarse un novio con plata e irse, Stella Maris estaba mudada hace tiempo viviendo con el marido y un caniche. Ramira empezó a trabajar en una escuelita y se enganchó con el portero y Analia consiguió un trabajo contable en una empresa de cosméticos. Pero bicha la suerte que no le había enseñado a cuidarse y quedó embarazada de Miguel, el hijo de un mecánico chanta de Haedo. No tuvo mejor idea que seguir el camino de sus hermanas y mudarse con él a un departamentito en Liniers. No la tomaban en ningún laburo por estar embarazada, así que Miguel aprovechó que la mantenía para reprocharle todas las semanas su estado. Él no quería ser padre, no tan joven al menos. La vida es un espejo, porque Miguel era un desastre como su papá. Garca, sucio, alcohólico y mujeriego. La cagaba a diestra y siniestra, le gustaban más las mujeres que el dulce de leche. Llegaba borracho a la madrugada y despertaba a Analia a los toques para que le haga un café. Cada tanto se le escapaba alguna cachetada y solo Dios sabe lo que esa pobre mujer aguantó los 9 meses de embarazo. No solo la puteaba él, la puteaba el barrio entero, porque Miguel vendía autos fundidos a sus vecinos y luego desaparecía unos días. La vida es un espejo, porque Analia se veía con el delantal de Edurne, en la cocina trasladada desde Morón directamente al primer barrio de la capital. A pesar de todo, ella sabía mantenerse, también había aprendido eso de su madre. Bordaba, cosía, limpiaba, incluso ayudaba a los niños del edificio con la tarea. Pero si algo era su fuerte era la cocina.
La Madre de Dios le había bendecido las manos. Se sentaba a la cabecera de la mesa a mirar fijamente la pared, pensando de dónde sacar un aceite de oliva que le sirva para darse un gustito en su cumpleaños. Y lo lograba, porque si algo sabía hacer era rebuscarsela. De ingredientes sueltos hacia exquisiteces. Aprendida de la vieja vasca , estaba acostumbrada a crear manjares con poco, pues creció con los relatos de la inmigracion y el franquismo. No desperdiciaba un gramo de harina ni de grasa. Los ñoquis caseros, los grisines con provenzal y los pucheros eran el método para estirar los pocos centavos que quedaban a fin de mes, porque Miguel se los gastaba en ginebra. Cuando nació su hijo, lo crió como pudo, porque su papá se había ido a hacer rancho en otro barrio y ella tenía que trabajar mucho. La cocina, entonces, era para ella una terapia. Comprender que el pan exige paciencia le sirvió para activar la levadura con lágrimas tibias de decoro. Si la vida le había sido injusta, violenta y precaria, dentro de la cocina y el bowl , las reglas eran justas: si le dabas calor y tiempo, la masa crecía. Algo que le había faltado a ella desde sus inicios: calor, tiempo y justicia.
La vida le dio mucha cal. Quemaba en sus manos las preguntas de su niño de dónde estaba su padre, las insoportables llamadas de Edurne a cualquier hora para contarle las boludeces que hacían sus hermanas y el frío de una ventana que no podía cerrar porque estaba trabada. El diablo le había puesto en su cuna un cartel que decía “desgraciada” pues era la única que no se casó y que no era mantenida. Carlota se encamó con un facho de la familia Posse y se aseguró la posteridad, se cambió el apellido y aparecía cada tanto a presumir sus collares y sus autos modernos. Stella Maris tuvo 2 pibes con el colorado, Ramira se fue a vivir a Francia y se casó con un pintor. Y Analia amasaba y lloraba, se sentía una pelotuda. El destino de la hija menor, de la última, de la condenada.
Muchos años después, de remarla mucho -de ahorrarla mucho- logró abrirse un kiosco en Barracas. Arreglaba con algunos vendedores ambulantes para que le traigan llaveros coloridos de buena calidad para venderle a los pibes del barrio, y ella les aseguraba a cambio una Coca Cola de litro y medio y un 10% de las recaudaciones de los llaveros. Si algo había aprendido después de tantos años de vivir con garcas, era a hacer negocios que la dejasen bien parada. Lo que más se vendía eran cigarrillos, Tic Tac de naranja y alfajores de maicena que elaboraba ella misma y vendía en bandejas de a seis. La dictadura le fue complicada, porque su hijo era peronista y tenía miedo que lo chuparan. Más de una vez se había quedado hasta tarde esperando a que llegase, cortando clavos con el culo a las 3 de la mañana porque Josesito no aparecía, pensando en si llamar a su hermana para que mueva los contactos del marido; y cuando llegaba sentía una mezcla de liviandad y de enojo. Algún golpe se le habrá escapado, es innegable, pero así se hacía en su época. En las primeras elecciones votó a Alfonsin y en las dos siguientes a Menem. No había otra opción.
Su hijo se había ido ya hace tiempo de la casa. No se aguantaban el uno al otro, tenían estilos de vida muy diferentes. Las navidades, sin embargo, se juntaba la familia. Toda. El clima era tenso, porque había que poner cara de feliz cumpleaños y servir el matambre rezando que el hijo prácticamente desconocido de alguna hermana no sea alérgico a la zanahoria. Los hijos de Ramira ni siquiera hablaban el mismo idioma, miraban con asco y comían de compromiso. Era todo muy careta y esos eventos se los reprochó siempre José a su madre, entre otras tantas cosas. Pero al hacerse las 12 todos brindaban, se daban un beso y atacaban la mesa dulce sin piedad. A eso sí que nadie le hacía asco. Menos Carlota, ella había decidido que la harina de trigo le hacía mal al colon.
Abandonó el negocio del kiosco porque no le salía rentable, era poner precios irrisorios y que nadie le comprase o regalar la mercadería. El 2001 fue duro, pero no sabía hacer otra cosa que laburar. Se puso, entonces, una fábrica de pastas. Se rebautizó, quizás así la vida le tirase un centro y el negocio le durara varios años. Alguna de las tantas súplicas debe haber escuchado Dios, porque los fideos cinta ancha no llegaban prácticamente a la vidriera. En la vereda de enfrente tenía un chino al que le vendía prepizzas y algunas cositas dulces, así se compró un nuevo teléfono de línea para llamar a su hijo, porque el anterior se lo habían robado. Fue ese teléfono el que sonó en 2004, cuando recibió -al fin- la luz divina, la bendición, la sal y el yang. “Vas a ser abuela”. En ese mismo momento se puso a coser unas cortinas rosa palo, porque ya presentía que iba a ser una nena. También en las madrugadas le tejía escarpines, puloveres y mantas a crochet. Agradeció a todos los nombres que aparecían en la biblia, juro e hiper juró que iba a valorar cada instante con su nieta. Prometió ante la Virgen de Luján que iba a enseñarle a hamacarse sola y tan vívida sintió su misión que se mudó a una quinta de 500 metros cuadrados de pasto y naturaleza, a 40 minutos de la casa de su nieta, de vuelta en la zona oeste porque la madre era de Merlo. Que picardía. “Qué forma extraña de obrar que tiene el Señor”, pensó.
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