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La hortensia (microcuento)

Empujé la puerta oxidada de la cocina, que cedió con un chillido que quebró años de abandono. Hacía más de una década que no ponía un pie en la quinta. Era una ruina familiar: las puertas de la alacena estaban caídas, los horneros habían hecho nido en el extractor; el olor a encierro, la mugre sobre las baldosas y el techo descascarado sobre la bacha denotaban que nadie la había tomado. De frente, la pared de azulejos amarillos brillaba con la misma luz tibia de los domingos, desafiando todo a su alrededor, y el reloj quieto en 3:17. Una lágrima rodó por mi mejilla y el frío se sintió más crudo que nunca. Toda mi juventud recaía sobre mis hombros y, con un poco de esfuerzo, todavía podía sentir el olor del estofado, con dos hojitas de laurel. Un nudo en el pecho me acompañó hasta su dormitorio, chocarme con mis recuerdos no era el sentido final de aquella visita. Levanté y empujé hacia adentro la puerta de madera. La cama desarmada, las decoraciones artesanales, sus carteras. Me di con el ventanal y entre los pastos largos y un colchón de hojas secas, su planta de hortensias violetas florecía terca peleándole a la flor de pájaro, en una guerra por ver quién era más colorida. Se me nublaron los ojos, no pude contenerme y el corazón me dio un tirón seco. Sentí que el tiempo se cerraba sobre mí, y culpa por no haber ido a quitar la maleza cada tanto. Respiré hondo y caminé hacia el ropero. Corrí las mantas apolilladas hasta dar con su costurero azul y me fui antes de querer quedarme. 


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